Cáncer hepático: el hígado graso puede ser su punto de inicio

Si no es controlado, el hígado graso puede, en algunos casos, derivar en cirrosis, y esta, a su vez, en cáncer. Una dieta saludable y la actividad física son herramientas de prevención.

El cáncer hepático puede, en algunas personas, tener su inicio en la condición de hígado graso, que consiste, como su nombre lo indica, en la acumulación de grasa en el hígado. Esa potencial progresión continúa en la cirrosis y finaliza en una neoplasia. No es un camino ineludible, pero existe una preocupante conexión entre las tres.

¿Por qué se hace hincapié en dicha relación? Porque el síndrome metabólico —que se caracteriza por la presencia de altos niveles de azúcar y de triglicéridos, entre otros factores de riesgo para distintas enfermedades— es hoy un problema generalizado en el mundo, lo que ha llevado a un aumento del hígado graso. Por ello, este último es hoy un factor de riesgo importante para el cáncer hepático, tercera causa de muerte por cáncer en el mundo, según la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

“El hígado graso es un universo bien amplio —explica el Dr. Mario Arcos, gastroenterólogo del Instituto Oncológico FALP—. No todo hígado graso va a terminar en cirrosis, ni en cáncer, pero es un tema que hay que tener en mente. El síndrome metabólico está cada vez más asociado no sólo a cáncer hepático, sino que al cáncer en general. Por eso, la OMS, dentro de su idea global de prevención, habla de bajar de peso, de actividad física y de dieta saludable como los pilares del manejo de la salud”.

Si bien la cirrosis (cicatrización del hígado) comúnmente estuvo vinculada solo al consumo de alcohol, esto ha ido cambiando. “El alcohol dejó de ser la principal causa de cirrosis —aclara el especialista—. En un estudio realizado al respecto con datos de 2015 a 2021, cerca del 40% de los hepatocarcinomas que se diagnosticaron a nivel nacional fueron a causa de una cirrosis provocada por la enfermedad metabólica del hígado graso. A nivel mundial, se considera una epidemia silenciosa que deberemos enfrentar a largo plazo, ya que tendremos más cirróticos y enfermos de cáncer hepático”.

Se calcula que el 30% de los adultos podría desarrollar hígado graso. Además, el 75% de quienes son diabéticos y el 65% de personas obesas.

DETECCIÓN PRECOZ

El hígado, indica el Dr. Arcos, es un gran órgano depurador de toxinas y productor de algunas proteínas. También procesa nutrientes, medicamentos y hormonas; produce bilis, que ayuda al organismo a absorber grasas, colesterol y vitaminas liposolubles, y previene infecciones porque regula respuestas inmunitarias.

El hígado graso se produce cuando hay una acumulación excesiva de grasa en sus células, y puede ser consecuencia de un consumo excesivo de alcohol o de la obesidad y la resistencia a la insulina (hígado graso no alcohólico). “El hígado no es capaz de metabolizar todos los azúcares y los triglicéridos que recibe, y los va acumulando en células de grasa —precisa el gastroenterólogo—. Eso va generando inflamación y daño a largo plazo. Hay varios factores que influyen, pero obviamente la dieta es el principal, sobre todo si contiene azúcares refinados”.

El hígado graso es peligroso porque puede llevar eventualmente a una cirrosis, si bien no es el único causante: las hepatitis B y C, la enfermedad hepática alcohólica y las afecciones genéticas también pueden provocar una cirrosis. Esta disminuye notoriamente la capacidad del hígado para llevar a cabo sus funciones esenciales, como la desintoxicación y la producción de proteínas.

La cirrosis es el principal factor de riesgo en el cáncer hepático; es muy poco común que esta neoplasia —más frecuente en hombres— se presente en un hígado sano. Y entre un 10% y un 15% de las cirrosis pueden derivar en un carcinoma hepatocelular, la forma más común de cáncer de hígado. Por ello, todo paciente cirrótico tiene que ser constantemente vigilado, advierte el Dr. Arcos: “Esa persona debería estar en un sistema de seguimiento rutinario. Se recomienda realizar una ecografía más una prueba en sangre de un marcador tumoral llamado alfafetoproteína cada seis meses”.

En etapas iniciales, este cáncer suele no presentar mayor sintomatología; de hecho; es común que las lesiones se detecten de manera incidental.

La pesquisa precoz del cáncer es clave, porque en fases iniciales, con lesiones pequeñas, es posible entregar opciones curativas, advierte el médico. “Se puede realizar la resección del tumor mediante una cirugía. Las terapias después de la intervención dependerán de qué tan enfermo está el hígado remanente. Por ello, se considera que, a la larga, la terapia curativa del hepatocarcinoma es el trasplante, ya que, aunque se saque la lesión o se la trate, mientras no se resuelva el problema de base, que es un hígado cirrótico, van a seguir surgiendo lesiones”, detalla el Dr. Arcos.

La evolución de la neoplasia es variable. Existen tumores hepáticos que pueden tener una gran velocidad, pero no se cuenta aún con elementos de uso clínico que puedan pronosticar cómo evolucionará: “Eso lo vamos evaluando con el seguimiento. Hemos visto tumores de dos centímetros que a los tres meses ya han duplicado o triplicado su tamaño, y otras lesiones de cinco o seis centímetros que no crecen, aun cuando pasen uno o dos años. Por eso, una vez hecho el diagnóstico tenemos que tratar de disminuir no solo el riesgo de que el tumor siga creciendo, sino evitar que comience a generar metástasis”.

Es importante destacar que el hígado graso, inicio de la cascada que puede desembocar en un cáncer, se puede revertir “si se mantiene una dieta adecuada y se realiza actividad física —puntualiza el Dr. Arcos—. Aunque los cambios no son instantáneos, entre seis meses y un año se logra ver cambios radiológicos y mejoría en las pruebas hepáticas”.

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