“La medicina siempre ha convivido con la docencia —explica el Dr. Luis Marín, subdirector médico de Cirugía Oncológica y director académico de FALP—. Su ejercicio, a lo largo del tiempo, se ha aprendido de manera tutorial y eso es lo que hacemos acá en el Instituto desde hace 14 años como parte de programas de postgrado estructurados en conjunto con universidades. Las razones obedecen a la necesidad de darle una buena atención al paciente, transmitir el conocimiento y también lograr el mejor ejercicio de la profesión de quien está enseñando y tratando a la vez”.
ALIANZA EDUCACIONAL
En 2011, FALP acordó con la Universidad de los Andes ser campo clínico del programa de cirugía oncológica de esta casa de estudios. “Este evolucionó después hacia cirugía oncológica de cabeza y cuello, cirugía oncológica de mama y cirugía oncológica digestiva. Luego establecimos espacios de colaboración con otras universidades, surgió el programa de especialidad primaria de radioterapia y, con posterioridad, la beca de subespecialidad de oncología médica, actualmente derivada de medicina interna, pero en camino de ser una especialidad primaria”, detalla el Dr. Marín. Otras subespecialidades que están destinadas a implementarse son la de dermatoncología, neurología oncológica, anatomía patológica, ginecología oncológica, cirugía de tórax oncológica y abordaje mínimamente invasivo, entre otras.
Los desafíos del especialista oncológico, agrega, parten por la obtención de conocimientos y habilidades disciplinarias bajo un ritmo vertiginoso de progreso. “Por lo tanto, el médico tiene que estar muy entrenado a estar en un aprendizaje permanente, saber reconocer la información biomédica útil, en leer adecuadamente los artículos científicos y poder discriminar entre la ciencia buena y la ciencia mala, durante su vida profesional. Este es uno de los desafíos más importantes en su formación, integrando en los programas de FALP el desarrollo de competencias para la investigación”, agrega.
Otro reto, sobre todo para los cirujanos, es “desarrollar habilidades procedimentales y entrenarse constantemente en ello —enfatiza—, porque la tecnología2 nos muestra siempre nuevas soluciones para abordar anatómicamente un tumor con el menor daño y la máxima efectividad”.
Un tercer desafío, señala el Dr. Marín, tiene que ver con las competencias actitudinales, sobre todo en cuanto a tener claro que lo que se hace en medicina es, en primer lugar, para el beneficio de los enfermos y la sociedad.
“Hay que desarrollar habilidades comunicacionales basadas en la empatía—puntualiza—, y eso significa conectarse, ponerse en la situación del paciente, observar sus emociones y problemas, reconocerlo afectivamente. No verlo como un problema bioquímico-fisiológico-patológico a resolver. El médico oncólogo está tratando con la integralidad de la persona, no solamente con el tumor y la enfermedad. Ponerse en los zapatos del paciente significa saber qué repercusión tiene esto en su vida, qué representa para él, la incertidumbre de poder o no realizarse los tratamientos, o de no saber qué van a significar en términos de toxicidad. El médico no puede abordarlo con una receta de cocina genérica igual para todos los pacientes, por eso, la formación de los especialistas en oncología debe considerar un amplio espectro de competencias”.
RADIOTERAPIA DE AVANZADA
¿Por qué la radioterapia es tan importante entre los tratamientos para el cáncer? ¿Por qué la formación en ella es tan relevante? “Primero, porque está indicada en aproximadamente el 60% de los pacientes que tienen esta patología”, asegura el Dr. Pablo González, subdirector médico de la Unidad de Radioterapia Avanzada y Radioterapia Robótica de FALP. Y, respondiendo a la segunda interrogante, “porque en Latinoamérica existe una escasa capacidad de llegar con la radioterapia a los pacientes. En Chile, estimamos que deberían beneficiarse 35 mil pacientes nuevos por año, pero sumando toda la capacidad instalada de radioterapia de centros públicos y privados llegamos a cerca de 17 mil. O sea, aproximadamente uno de cada dos pacientes que tienen indicación no tiene acceso a ella”, comenta el médico.
Por tanto, añade, es urgente crecer en el número de centros de radioterapia para satisfacer esta demanda y también es fundamental la formación de especialistas. Además de la atención de pacientes y la investigación, su unidad está abocada a la docencia, con programas destinados a médicos especialistas, tecnólogos médicos de radioterapia y enfermeras oncológicas de radioterapia.
En el área médica, específicamente, existen dos grandes entidades: una es la residencia de especialidad en oncología y radioterapia, que se realiza en conjunto con la Universidad de los Andes, y otra es el magíster de Alta Tecnología en Radioterapia, con la misma casa de estudios. “La residencia está orientada a médicos generales y es un programa de cuatro años que recibe profesionales de todo Chile y también del extranjero —precisa el Dr. González—. El magíster, en tanto, está dirigido a médicos especialistas en oncología de radioterapia que vienen durante un año a formarse en alta tecnología en radioterapia avanzada y radioterapia robótica, con especial hincapié en las técnicas SBRT y SRS, es decir, de radiocirugía extracerebral y cerebral. Es un programa que se realiza en conjunto y es auspiciado por la Agencia Internacional de Energía Atómica, con sede en Viena. En docencia y maestría trabajamos estrechamente con el jefe de Docencia en Radioterapia, el doctor Ariel Fariña, quien coordina todos los programas y actividades”.
En los últimos seis años, FALP ha instalado equipos de la más alta tecnología de prácticamente todas las empresas productoras de tecnología de avanzada del área: “Con el fin de ofrecer distintas opciones, técnicas y estrategias para seleccionar lo mejor para cada paciente —comenta—. Ese es nuestro foco de interés, porque si bien es cierto que buscar la cura es importante, la calidad y la seguridad en nuestro tratamiento es el pilar central”.