Michelle Arellano trabaja en un puesto ejecutivo en un banco, tiene 4 hijos -entre 23 y 11 años- y siempre ha practicado mucho deporte, incluso artes marciales. Y cuando supo que tenía cáncer de mama, su mundo siguió andando; no cayó en la cuenta de lo que implicaba su diagnóstico hasta su segunda sesión de quimioterapia. Antes de eso, dice, “estaba en un nivel de inconsciencia absoluta”.
A ese estado atribuye también el hecho de que hubiera dejado pasar seis años -y no tres, como ella pensaba- sin hacerse la mamografía. Incluso sabiendo que debía controlarse semestralmente por unos quistes que solían aparecer y que ya se había operado dos veces.