“Alguna vez voy a tener cáncer”, solía pensar Marcela de Juan. “Con esta carga familiar que arrastro, seguro que así va a ser”.
Su madre y su tía habían desarrollado cáncer de mama. Eso hizo que Marcela comenzara a realizarse los controles correspondientes de manera más frecuente. Incluso conservó esa costumbre después de que su hermana, hace unos seis años, con firmara con un test genético que su cáncer recién diagnosticado nada tenía que ver con las mutaciones más comunes para cáncer de mama hereditario, llamadas BRCA1 y BRCA2.
“Yo seguí haciéndome una ecografía mamaria cada seis meses, y mamografía y resonancia magnética cada año, que fue lo que me indicó el doctor. Hasta que apareció un cáncer in situ, bien localizado, sin compromiso de ganglios, detectado muy a tiempo. Esto fue en la mitad de la pandemia, realmente no era el mejor minuto”, cuenta esta enfermera matrona de profesión.
Había que operar. Marcela, que había pensado en la posibilidad de un cáncer durante tanto tiempo, ya sabía algunas cosas: “Tenía claro desde hace muchos años que en una situación así, prefería sacar las dos glándulas mamarias, así es que conversé con el doctor la opción de que eso ocurriera en la misma cirugía. A pesar de estar en cierto modo preparada, fue una decisión dura porque la intervención no es menor. Yo recomiendo incluso buscar ayuda psicológica para una mejor contención”.
En paralelo, debido a la sugerencia de su cirujano, se atendió en la Unidad de Asesoramiento Genético Oncológico de FALP. En consultas vía telemedicina, tras revisar detalladamente sus antecedentes, se determinó que era conveniente realizar un test genético. Si bien su hermana se había hecho uno antes, este estudio era más completo, puesto que pesquisaba más posibilidades de genes mutados para un cáncer hereditario. Y ahí estaba.