“A esto se suman labores invisibles, que en algunas oportunidades demandan mucho tiempo, cambiar de programas televisivos hasta dar en el gusto, acercar objetos que se caen una y otra vez, supervisar una actividad que el enfermo exige hacer solo. Un cuidador amoroso, a modo de no restringir la independencia de su enfermo, le querrá dar en el gusto, ocupando a veces minutos que tenía destinados para otras actividades. Este cuidador, por lo tanto, se agota con mayor facilidad intentando hacer todo perfecto; todo confluye en la entrega hacia esa persona que está cuidando”, afirma. Todo lo anterior puede llevar a una sobrecarga del cuidador principal, el que puede presentar problemas físicos —como acentuar o generar dolores musculoesqueléticos debido a la necesidad de movilizar o cargar al paciente, cefaleas, alzas de presión—, como trastornos anímicos —desesperanzada, tristeza, agobio— y/o sociales, como el alejarse de sus redes y sensación de soledad, describe la psico-oncóloga. La especialista revela que los cuidadores suelen preguntar cómo pueden realizar mejor su función, pero nunca cómo pueden cuidarse: “Muchas veces identificamos sobrecarga en el cuidador porque es el paciente quien nos comenta, por ejemplo ‘necesito que ayude a mi esposa porque últimamente la he visto hostil conmigo o con cara de dolor, le pregunto qué le pasa y no me dice nada’. Habitualmente el paciente está muy sensible y observa muy bien estos cambios”. No resulta fácil para el cuidador aceptar una sugerencia para que se preocupe de su salud, ya que muchas veces no se da cuenta de su agotamiento o definitivamente no ve una opción de aliviar su carga. “Sin embargo, se logra generar esa conciencia de autocuidado cuando se dan cuenta de que tienen que estar bien para que su enfermo esté bien. En otras palabras, cuidarse para cuidar”, finaliza.