Hablar de temas difíciles sin generar más miedo
Para abordar temas complejos como la muerte o las pérdidas, el adulto también debe sentirse acompañado. No es necesario fingir fortaleza absoluta: llorar está permitido y enseña a los niños que experimentar distintas emociones es algo normal. Explicar que sentir pena o miedo no significa que todo esté perdido ayuda a normalizar la experiencia. También es clave reforzar las “zonas de seguridad”: quiénes los cuidan, qué rutinas se mantienen y qué acciones se están tomando para cuidarse y seguir adelante.
“El principal miedo de los niños es quedarse solos. Por eso, es fundamental hacerles ver que tienen un entorno que los cuidará y no los abandonará, junto con demostrarles que se está organizando todo para estar con ellos el mayor tiempo posible: ‘Yo me cuido, me alimento sano, me protejo, voy a mis controles médicos, y, a la vez, te cuido a ti para estar contigo el mayor tiempo posible’”, explica la jefa de Salud Mental de FALP.
Lejos de ser perjudicial, ver los cambios físicos del tratamiento puede ser una experiencia de aprendizaje si se explica con anticipación. Los niños se adaptan mejor cuando saben qué va a pasar. “Hablar de la caída del pelo, el cansancio o los cambios de ánimo como parte del tratamiento, incluso involucrándolos en decisiones simples —como elegir un gorro o turbante— ayuda a normalizar la situación y reduce el impacto emocional”, explica Reinhardt.
Rabia, miedo y retrocesos: reacciones esperables
Las reacciones emocionales intensas son normales. Rabia, miedo o conductas regresivas no significan que algo esté mal, sino que el niño está intentando adaptarse a una situación difícil. El problema aparece cuando estas conductas –como orinarse, pérdida persistente de apetito o aislamiento prolongado– se intensifican y se mantienen en el tiempo. En esos casos, es fundamental buscar apoyo profesional.
Asimismo, la especialista afirma que es importante mantener las rutinas de los niños, ya que estas les permiten anticipar lo que viene y sentirse seguros, incluso en contextos de incertidumbre. Si hay cambios —hospitalizaciones, viajes o ausencias— deben explicarse con anticipación e incorporarse como parte de una nueva rutina, evitando desapariciones inesperadas que aumenten la ansiedad.
“Cuando el tratamiento se alarga o el pronóstico cambia, la clave es volver a abrir el diálogo, reiterar la disponibilidad para escuchar y permitir que otras figuras de confianza acompañen a los niños y adolescentes en sus preguntas y miedos”, concluye Reinhardt.